Por Mariela Pérez Valenzuela, especial para la Agencia Vietnamita de Noticias (Fotos: internet)

La Habana, (VNA)- Durante más de cuarenta años, Rolando Pérez Betancourt ha sido el crítico de cine del periódico Granma. También ha dirigido en la televisión cubana diferentes espacios cinematográficos, él último de ellos, La séptima puerta, con quince años saliendo al aire. El también periodista y narrador no solo escribió sobre la obra del cineasta Santiago Álvarez, también fue su amigo.

Fundador del periódico Granma, desde 1973 escribe la sección Crónica de un espectador para ese rotativo. Foto cortesía del entrevistado

 

¿Qué imagen le viene a la mente en víspera de cumplirse los 45 años de aquella visita de Fidel a Vietnam?

La sonrisa de Fidel agitando en lo alto la bandera de Vietnam. Un Fidel eufórico que había hecho de aquella guerra su propia batalla antimperialista y una imagen que recorrió el mundo con su carga simbólica gracias a que Santiago Álvarez estaba allí para captarla, junto a su camarógrafo Iván Nápoles.

¿Qué fue Vietnam para Santiago Álvarez?

Una alegría constante a pesar de los horrores de la guerra que vivió y captó magistralmente. Alegría porque Santiago, además de ser un artista de los pies a la cabeza, era un político de férreas convicciones y la resistencia del pueblo vietnamita frente al invasor más poderoso del mundo constituía una reafirmación de sus propios ideales de lucha y de justicia. Además, Santiago era un hombre profundamente humano, sensible, y desde el primer momento se identificó con el pueblo vietnamita y sus dirigentes, en especial Ho Chi Minh.

Basta con ver y volver a 79 Primaveras (1969), y digo “volver a ver” porque es un documental de alto valor poético sobre la vida de Ho Chi Minh, una combinación de textos e imágenes lleno de detalles y sugerencias. Muchas veces vi a Santiago Álvarez acabado de llegar a Cuba tras uno de los quince viajes que realizó a Vietnam y en todas las ocasiones ––lo recuerdo perfectamente–– tuve ante mí un hombre lleno de entusiasmo y de renovadas ideas artísticas. Además, no era de los creadores que se guardan sus impresiones para luego elaborarlas en la soledad del trabajo intelectual, en lo absoluto, Santiago irradiaba hasta por los poros las ideas que ya desde el avión de regreso venía madurando en su cabeza. Por supuesto,  después llegaban las sorpresas con las que su enorme talento atrapaba a las grandes audiencias y a los jurados internacionales, que no se cansaron de premiarlo.

Quince viajes a Vietnam, varios documentales de gran significación y no pocos noticieros ICAIC en los que se reiteraba el tema de la lucha de Vietnam, ¿cómo es posible que el artista no se repitiera?

En Santiago convivían el periodista y el poeta. ¿Cuál primero, cuál después? No puede verse de esa manera, pero si resaltar la imaginación y el poder asociativo que lo caracterizaba, y Hanoi, martes 13 es una prueba de ello. En 1966 lo sorprende un bombardeo estadounidense a Hanoi y no se limita a captar el hecho noticioso, a convertirse en testigo de primera mano del horror, sino que pasa a un plano mayor y arma un documental que hoy está considerado entre los clásicos mundiales del género, entre otros aspectos porque hace gala de un montaje asociativo que habrá de caracterizarlo a lo largo de su carrera.

El documental te deja sin aliento, pero también con una sensación nada panfletaria de que Vietnam vencerá, y no se olvide que estamos hablando de los momentos más duros de aquella guerra.

Años después, en 1975, filma Abril de Vietnam en el año del gato, obra profundamente antimperialista e imaginativa, pero cuando pienso en ella lo primero que me viene a la cabeza es la imagen de un hombre de pueblo (cito de memoria, 40 años después) que avanza imperturbable  por el medio de la calle con una bicicleta… ¿y que trae sobre ella? Parte del fuselaje de un avión estadounidense recién derribado. La tecnología del mal y la serenidad de un hombre común aunadas como una simbología magistral.

¿Siempre estuvo Santiago Álvarez seguro de la victoria del pueblo vietnamita?

Siempre, y no solo estuvo seguro, sino también que lo proclamaba a los cuatro vientos donde quiera que se parara. A mediado  de los años ochenta coincidí  con él en el Festival Internacional de Cine de Moscú y salimos dos o tres veces a recorrer la ciudad. Él me llevaba unos treinta años pero era imposible seguirle el paso, casi corría al caminar. Un día le protesté: ¡no hay quién  te siga, Santiago!  ¿Y que me respondió?: “Vietnam, tendrías que haber ido Vietnam”. Quienes lo conocieron saben que el tiempo era su obsesión. Había comenzado en el cine ya con cuarenta años y quería  aprovechar cada minuto de su vida. Una obsesión que se la percibí sobre todo en sus trabajos referidos a Vietnam. Llegaba  de allá, se encerraba en el ICAIC y en unos pocos días el  material estaba listo, es decir, la urgencia periodística marcó siempre al artista responsabilizado con dar a conocer el mundo lo que en ese mismo minuto estaba sucediendo. En esa inmediatez indispensable, el periodista si se le impuso siempre al poeta, sin que el poeta dejara de aparecer.

¿Cómo se imagina a Santiago Álvarez en estos tiempos en que las nuevas tecnologías de la información permiten lo impensable en aquellos días?

Me lo imagino tan activo  como siempre, inventando, creando y poniendo todos los adelantos tecnológicos al servicio de la causa revolucionaria. ¡Le sacaría provecho a todo de una manera febril! Santiago fue un innovador en todo el sentido de la palabra y hoy nadie discute ––para poner un solo ejemplo, además de sus aportes al montaje–– que su documental Now es un antecedente bien  marcado de lo que después sería el mundo del videoclip.

Con la periodista cubana Marta Rojas, corresponsal de guerra en Vietnam

¿Cómo vería Santiago Álvarez el Vietnam de nuestros días?

Retornar al Vietnam actual  hubiera sido  un gran premio para él, pero por suerte bastante vio y filmó, y la pasó  de maravilla armando el documental en el que aparecían  las tropas norteamericanas desesperadas por abandonar la tierra que un día osaron mancillar. El haber conocido a Fidel y a  Ho Chi Minh lo llevaba como un orgullo y fue un artista que pudo disfrutar en vida del gran reconocimiento que tuvo su obra.

El haber conocido a Fidel y a Ho Chi Minh lo llevaba como un orgullo

Hay un documental de la actriz Isabel Santos que recomiendo en estos días de conmemoraciones. Se titula Viaje al país que ya no existe (2014) y en él  aparece Iván Nápoles, el camarógrafo con el que siempre trabajó Santiago Álvarez, de vuelta al Vietnam de nuestros días, y habría que recordar que en pocas ocasiones un director de cine y su camarógrafo predilecto han sido tan disparejos como la dupla que ellos integraron. Viéndolos trabajar parecía como si no se entendieran bien. Santiago, un puro nervio inmerso en el trance creativo; Iván, la calma hecha sensibilidad. Luego, el resultado de la obra vendría  a demostrar que los dos habían nacido para complementarse mediante el arte. Un bello documental el de Isabel que lleva al camarógrafo a los mismos lugares donde, durante la guerra, se  filmaron  escenas antológicas. En esos escenarios Iván habla de su amigo Santiago, o casi habla, porque las emociones son muchas.

Santiago Álvarez en Vietnam junto con el camarógrafo Iván Nápoles