Hanoi, 14 sep (VNA)- Una brisa apenas perceptible sintió Fidel Castro cuando llegó justo al mediodía del 12 de septiembre de 1973 a Vietnam, la tierra que tanto admiró desde lejos y le entregaría durante su visita oficial muestras invaluables de valentía, heroísmo y resistencia ante la crueldad de Estados Unidos.

Descendió de un avión ruso IL-18 vestido con su uniforme verde olivo de campaña. Al pisar Hanoi, Fidel Castro Ruz se convertía en el primer y único estadista en visitar Vietnam cuando aun se escuchaban los sonidos de las bombas y los combates, pues aunque se había firmado la paz en París con los enemigos, existían focos de resistencia de quienes pretendían mantener separados el Norte y el Sur de una nación única e indivisible.

Fidel Castro y el Primer Ministro Pham Van Dong durante su histórica visita a Vietnam en 1973

 

Una emoción devuelta en saludos, sonrisas, abrazos, flores y banderas de los dos países  recibió el líder revolucionario que viajó, sin indicar muestras de cansancio, los 15 mil kilómetros que separan geográficamente a La Habana de Hanoi. Cientos de miles de personas de todas las edades acudieron en masa a darle la bienvenida  en el aeropuerto y en las calles capitalinas a lo largo de 10 kilómetros con un ¡Viva Fidel!, ¡Viva Cuba!,  que todavía retumba entre parques y pagodas, edificios y corazones.

El extenso viaje más que fatigarlo lo entusiasmó. Al fin aquella leyenda que era Fidel cumplía uno de sus sueños políticos: conocer de cerca la llamada “tierra de los anamistas”,  mencionada en 1889 por el héroe nacional cubano, José Martí, en su libro La Edad de Oro, especialmente dedicado a los niños.


 

Al fin podría, de primera mano, conocer a los grandes estrategas de la victoria contra el más poderoso imperio del planeta; saludar a oficiales y soldados; conversar con aquel pueblo que resistía, día tras día, las embestidas militares de los invasores, y que jamás perdió su sonrisa, aun en los momentos más difíciles de la guerra.

Si antes de ese viaje se consideraba un hermano de los vietnamitas, las vivencias  le confirmaban el valor de la unidad nacional en torno a un líder político y sus ideas, su ejemplo y su atinada dirección; el deseo de mantener fundida una patria que vio destruida por los bombardeos norteamericanos, las aldeas incendiadas con napalm; las personas  inocentes heridas, quemadas o mutiladas; los campos de arroz arrasados por el agente naranja.

Fidel Castro conocía muy bien la historia de Vietnam y el espíritu de combate propio de aquellos seres humanos de pequeña estatura, delgados y sonrientes.  Personas que durante años sobrevivieron a los bombardeos enemigos, que vivían en túneles y cuevas, que pasaron hambre y necesidades de distintos tipos, que se movían con agilidad por los campos de arroz minados.

“El primer día me alojaron en la antigua residencia del Gobernador francés en el territorio de Indochina cuando visité ese hermano país en 1973 (…). Allí me alojó Pham Van Dong, entonces Primer Ministro. Aquel recio combatiente, al quedarse solo conmigo en el viejo caserón construido por la metrópoli francesa, comenzó a llorar. Excúseme, me dijo, pero pienso en los millones de jóvenes que han muerto en esta lucha. En ese instante percibí en su plena dimensión cuan dura había sido aquella contienda. Se quejaba también de los engaños que había utilizado Estados Unidos con ellos.”

Para Fidel, su estadía en Vietnam hubiese estado incompleta si no conocía la central provincia de Quang Tri, en la parte Sur del país, que entonces había sido liberada en un 85 por ciento, por lo que aún existía el peligro de los enfrentamientos y de los bombardeos. Allí se encontraba el Paralelo 17, la línea fronteriza que delimitaba el norte y el sur de la nación.

Con los soldados del Sur de Vietnam

El 15 de septiembre, tres días después de su arribo a Hanoi, el avión que transportaba a Fidel Castro y el primer ministro de Vietnam, Pham Van Dong, descendió en horas de la mañana en el aeródromo de Dong Hoi, provincia de Quang Binh. El propósito era continuar por carretera su viaje a la colindante Quang Tri, donde se encontraba el Paralelo 17 y la Colina 241 para conocer a los valerosos soldados que habían liberado esa porción del país.

El pueblo de Quang Tri y los soldados de la brigada de Khe San dan la bienvenida a Fidel

 

De aquella trayectoria, en su Reflexiones escritas el 14 de febrero de 2008, recordaba: “Los puentes, sin excepción, a lo largo del trayecto, visibles desde el aire entre Hanoi y el Sur, estaban efectivamente destruidos; las aldeas, arrasadas, y todos los días las granadas de las bombas de racimo lanzadas con ese fin, estallaban en los campos de arroz donde niños, mujeres e incluso ancianos de avanzada edad laboraban produciendo alimentos.

“Un gran número de cráteres se observaban en cada una de las entradas de los puentes. No existían entonces las bombas guiadas por láser, mucho más precisas. Tuve que insistir para hacer aquel recorrido. Los vietnamitas temían que fuese víctima de alguna aventura yanqui si conocían de mi presencia en aquella zona. Pham Van Dong me acompañó todo el tiempo.

“Sobrevolamos la provincia de Nghe-An, donde nació Ho Chi Minh. En esa provincia y la de Ha Tinh murieron de hambre en 1945, el último año de la Segunda Guerra Mundial, dos millones de vietnamitas. Aterrizamos en Dong Hoi. Sobre la provincia donde radica esa ciudad destruida se lanzaron un millón de bombas. Cruzamos en balsa el Nhat Le. Visitamos un puesto de asistencia a los heridos de Quang Tri. Vimos numerosos tanques M 48 capturados. Recorrimos caminos de madera en la que un día fue la Ruta Nacional destrozada por las bombas. Nos reunimos con jóvenes soldados vietnamitas que se llenaron de gloria en la batalla de Quang Tri. Serenos, resueltos, curtidos por el sol y la guerra, un ligero tic reflejo en el párpado del capitán del batallón. No se sabe cómo pudieron resistir tantas bombas. Eran dignos de admiración. Esa misma tarde del 15 de septiembre, regresando por ruta diferente, recogimos tres niños heridos, dos de ellos muy graves; una niña de 14 años estaba en estado de shock con un fragmento de metal en el abdomen. Los niños trabajaban la tierra cuando un azadón hizo contacto casual con la granada. Los médicos cubanos acompañantes de la delegación les dieron atención directa durante horas y les salvaron la vida. He sido testigo, señor McCain, de las proezas de los bombardeos a Viet Nam del Norte, de los cuales usted se enorgullece”.

 

Cuando la caravana había recorrido unos 20 kilómetros encontraron una dolorosa escena. Una de las llamadas “jóvenes de vanguardia”, identificada como Nguyen Thi Huong, yacía en el suelo, herida en la soledad de los terrenos marcados con pequeños cráteres hechos por las bombas. Ella era una de las tantas jovencitas que rellenaba los caminos para que pasaran por la carretera equipos de guerra y personas. Mientras hacía aquella tarea nocturna un explosivo estalló. Pensó ella que no sobreviviría a las lesiones.

Coincidió que Fidel pasaba por el lugar, y al verla tendida mandó detener los vehículos. Había que socorrerla. El convoy se detuvo en el puente Jen Louong, a unos 500 metros de donde se encontraba la muchacha. De inmediato solicitó ayuda a los médicos cubanos que le acompañaban y encargó al entonces embajador de Cuba en Hanoi, Raúl Valdés Vivó, la preparación de medios para llevarla al hospital de Vinh Linh y salvarla en un centro de salud con más posibilidades. Pero en Vinh Linh estaba vacío el banco de sangre y Thi Huong fue trasladada a la provincia de Quang Binh.

Aquella adolescente de 16 años, sexagenaria en la actualidad, solo cumplía, como otros millares, las orientaciones dadas por el líder e inspirador de las victorias de su pueblo, el político, poeta y socialista Ho Chi Minh.

En declaraciones a la prensa, ella dijo sentirse muy afortunada. “La guerra definitivamente terminó, ha dicho, pero tuve la suerte de que me salvara el líder revolucionario de Cuba. Si no hubiera estado el convoy, pienso que estaría muerta. En ese momento, estaba despierta, y todavía veo la cara del líder cubano”, recuerda esta agradecida mujer.

Los acompañantes del visitante, si antes lo admiraban, sintieron un profundo orgullo por la grandeza humana de ese hombre que, más allá de los peligros que rodeaban su propia vida al detener un grupo de vehículos en un puente-blanco de francotiradores-, se detuvo, salvó a aquella jovencita, y siguió su evolución médica durante meses.

En aquellos instantes, ni Fidel ni sus acompañantes pensaron el riesgo que corrieron al cruzar sobre el Paralelo 17 y la zona que estaba supuestamente desmilitarizada que dividía el país. Al igual que la valiente joven herida, una explosión hubiese podido terminar con la valiosa vida de los visitantes y sus anfitriones.

Fidel y el ministro de Defensa del gobierno revolucionario provisional de Vietnam del Sur, Tran Nam Trung, en un encuentro en Quang Tri

Al fin Fidel Castro, que sentía una admiración entrañable por los combatientes de la División Vinh Quang (Gloria en español) pudo abrazarse con los pequeños y a la vez gigantescos defensores de la parte sur del país.

Se le vio feliz. Conversó con los soldados y sus jefes. De manos del jefe de Vinh Quang recibió la bandera Cien Batallas, Cien victorias, del Ejército de Liberación de Vietnam del Sur. La elevó en el aire, y la ondeó en el campo de batalla.

 

Así ocurrió. Dos años después de aquel encuentro, la bandera que Fidel sostuvo en el Paralelo 17 ondeaba en lo alto del entonces Palacio de la Independencia, hoy de la Reunificación.

Cuando se reunió por primera vez con los dirigentes del gobierno de la entonces República Democrática de Vietnam, en Hanoi, ratificó el cariño de su pueblo hacia quienes, a diario, brindaban lecciones de dignidad al resto del mundo a base de sacrificios personales y colectivos.

“Vietnam es un nombre sumamente querido y sumamente cercano al corazón de todos los cubanos”, dijo el mismo día de su llegada, en el discurso  que pronunció durante la recepción ofrecida por el Partido de los Trabajadores y el Gobierno. Tuvo oportunidad allí de compartir con la heroína de la guerra, Ta Thi Kieu, y reconoció el fundamental rol jugado por las mujeres durante la contienda, una época en que se vivía bajo tierra y si se conseguían alimentos eran frugales.

Junto a la heroina del Ejército de Liberación de Vietnam del Sur, Ta Thi Kieu

Fidel estaba convencido, mucho antes de la firma de la paz,  de la victoria absoluta de los vietnamitas y de la reconstrucción del arrasado país que vivió dos confrontaciones bélicas.

En su estancia en la nación asiática orientó a la misión  diplomática apoyar a Vietnam con la construcción de un hospital en la ciudad de Dong Hoi, una obra concluida dos años más tarde y que desde entonces devino uno de los centros de salud más modernos de la región.

La edificación del hospital Vietnam-Cuba reafirmó la solidaridad con la Patria de Ho Chi Minh. Foto internet

Es posible que, al concebir la obra, el jefe cubano recordara a aquella muchachita delicada y herida a la que salvó la vida en la carretera por donde pasaba su caravana hacia el Paralelo 17.

Por Mariela Pérez Valenzuela, especial para la Agencia Vietnamita de Noticias. Fotos cortesía del entrevistado