Hanoi, 13 sep (VNA)- Pasarán los años, los siglos. Generaciones de cubanos y de vietnamitas que erigirán el futuro de esos dos países tan lejanos uno del otro –tal como decía Ho Chi Minh- mientras en uno amanece el otro duerme- recordarán aún a una mujer de estirpe revolucionaria probada en el fragor del combate y que dedicó una buena parte de su vida a la lucha primero, por la liberación del Sur de Vietnam, y luego a la unidad nacional, creando un sistema internacional de solidaridad que difundió en el mundo la verdad de la contienda del país indochino.

Melba Hernández con una combatiente vietnamita. Foto Alberto Korda

Ella se llamaba Melba Hernández Rodríguez del Rey, y nació en Cruces, una localidad pequeña, de personas pobres y abnegadas, en la antigua provincia de Las Villas. Hija única, sin embargo nunca fue consentida por sus padres. Su madre, María Elena Rodríguez del Rey, y su padre, Manuel Hernández, habían sido combatientes en la clandestinidad durante la Guerra de Independencia de 1895. Ellos, decía Melba, me inculcaron el activismo revolucionario.

La vida de esta mujer estuvo dedicada hasta su muerte en 2014, cuando contaba con 95 años, a las causas revolucionarias.

El 2 de diciembre de 1960, Fidel Castro declaró que por decisión popular quedaban establecidas las relaciones diplomáticas con Vietnam, en plena guerra por la liberación del Sur, ocupada por Estados Unidos.

Durante esa década comenzaron a llegar a Cuba jóvenes vietnamitas para cursar distintas carreras universitarias. Ellos serían los encargados de reconstruir la nación cuando terminara la guerra. Tanta era la seguridad de que obtendrían la victoria contra la nación imperialista.  Aquellos muchachos llamaban a Melba “mamá” o “mami”, porque ella los acogió como una madre que no descansaba para ayudar a sus hijos.

Melba y el Che

La publicista Mirta Muñiz Egea, ya fallecida, recordó en una entrevista de prensa que el Comandante Ernesto Che Guevara se encontró con Melba en un acto de solidaridad con Vietnam del Sur el 20 de diciembre de 1963 en el teatro de la Central de Trabajadores de Cuba. Pero los asientos estaban vacíos.

El Che miró a Melba y le preguntó ¿usted tiene algo que ver con la organización de este encuentro? Y ella le respondió que no. El Comandante le dio una misión inmediata: “Pues usted a partir de ahora preparará estos actos”.

La orden del Guerrillero Heroico se convirtió en divisa para la vida de aquella mujer a la que no había que repetirle dos veces el cumplimiento de una misión. Desde ese día, su existencia estaría dedicada a difundir la solidaridad local e internacional con la lucha de los por Martí llamados anamitas.

El Comandante Ernesto Che Guevara junto con Melba Hernández y una delegación de Vietnam.

Desplegó, entonces, una encomiable labor orientada a divulgar la lucha del pueblo de Vietnam y su batalla en el Sur para lograr la reunificación nacional.

Luego de nuclear en torno a su idea a personalidades de la cultura y artistas, científicos, abogados, amigos, mujeres y hombres del pueblo, fundó  el 25 de septiembre de 1963 el primer Comité de Solidaridad con Vietnam del Sur en el mundo, y según avanzó la guerra, con Laos y Cambodia.

La guerrillera que calzaba botas rústicas y uniforme militar en la Sierra Maestra volvió a usarlas en un viaje que realizó con Mirta a Laos, según esta relató al periódico Granma, donde vivieron más de un mes en una cueva, que a Melba le parecía un confortable hotel. Nunca se quejaba por difíciles que fueran las circunstancias. Allí conocieron al príncipe Souphanouvong, quien dirigía la guerra en la región y resultó ser un culto estadista.

Era un hombre, recordó, de gran sensibilidad, que tenía en su mesa de trabajo un pequeño mapa de Cuba y un periódico Granma que, según decía, “me ayudarán a aprender  español para poder comunicarme con Fidel, si nos encontramos algún día¨. Y cuando se marchaban, les regaló flores.

No resultó fácil aquel viaje, como tampoco los muchos que Melba realizó a las zonas de guerra en el sur y el norte vietnamita. Ella, la recordaba Mirta, era muy exigente en el cumplimiento de las tareas; no sentía miedo ante los bombardeos. Pero nunca le pedía a alguien que hiciera algo que ella ya no hubiera hecho. Sin embargo, y como jefa que conoce a su tropa, igual regañaba a quien se hubiera equivocado, que te daba un abrazo si las cosas salían bien, dijo aquella amiga que tanto colaboró con ella en el Comité.

La heroína del Moncada se dedicó a la causa de liberación y reunificación de Vietnam con la misma entrega que lo hizo en los preparativos del ataque al Moncada, en la distribución del alegato de defensa de Fidel en el juicio que se le siguió a los atacantes del Moncada y que junto a otros compañeros descifró en un papel escrito con zumo de limón; demostró su espíritu organizativo en los preparativos para el viaje de los revolucionarios en el yate Granma que entraría en costas cubanos para iniciar la guerra contra la dictadura; en sus tareas en la lucha clandestina y después en la guerra en la Sierra Maestra.

Durante una celebración del Frente Nacional de Liberación del Sur.

En el Comité Melba entonces promovió movilizaciones, donaciones, conferencias, asistió al Tribunal Internacional Bertrand Russell, auspiciado por el científico británico, a denunciar los crímenes cometidos por los soldados estadounidenses contra un pueblo valiente que, como aseguraba Ho Chi Minh ganaría una guerra desigual. Pero a sus enemigos les faltaba motivación, patriotismo y vergüenza, tres sentimientos que animaban el espíritu de un pueblo dispuesto a morir por el país. Sin embargo, el Tío Ho no logró vivir para festejar la victoria luego de 30 años de batalla continua.

Aquel movimiento de solidaridad dirigido por la heroína cubana permitió que el resto de los países del mundo y sus pueblos conocieran que la guerra en Vietnam no era “local” como proclamaba Washington. Y se desató una gigantesca ola de apoyo a aquel pueblo incluso en Estados Unidos, donde millares de personas, en especial la juventud, se negó a participar en una confrontación ambiciosa donde primaban los intereses capitalistas.

Ho Chi Minh, el estratega militar

En otro gesto sin precedentes, el gobierno cubano decidió, como muestra de amistad hacia la lejana tierra indochina designar 1967 como “Año del Vietnam Heroico”, mientras que en 1969 Cuba estableció la primera embajada extranjera en la selva de Vietnam del Sur. En otro símbolo de la valentía que siempre animó a los dos pueblos el gobierno cubano ordenó atracar a los buques Imías y El Jigüe, cargados de azúcar, en el puerto de Hai Phong,  aunque se sabía que el lugar estaba minado por Estados Unidos.

Vietnam ganó tres guerras contra potencias agresoras: Japón, Francia y Estados Unidos, cuyas tropas salieron huyendo de los enfrentamientos con aquellos jóvenes y hasta niñas y niños que contribuían con sus fuerzas a expulsarlos del país y de los cuales abusaron físicamente, dejando la amargura impregnada en sus vidas.

La guerra fue muy dura, pero los vietnamitas tuvieron un dirigente extraordinario. Un hombre que era un gran estratega y dirigía los combates, mientras en su precaria choza donde vivía en Hanoi recibía a los niños para jugar con ellos.

Conversa con el presidente Ho Chi Minh durante una visita a Vietnam. Foto Archivo Prensa Latina

En uno de sus discursos más importantes, el 20 de diciembre de 1946, en su llamado a la resistencia nacional, el fundador del primer partido marxista- leninista de Indochina instó a iniciar la contienda contra el colonialismo, con cualquier medio disponible.

En su Testamento Político dejó escrito: “Quien tenga un fusil, que use el fusil. Quien tenga una espada, que use la espada. Y si no tiene espada, que use azadones o palos”. Luego, la lucha sería para enfrentar al imperialismo norteamericano y expulsarlo de las tierras del Sur.

Melba estaba consciente de la fortaleza, la resistencia y la lealtad de aquel pueblo unido a Cuba por vínculos que van más allá de la diplomacia. Fidel lo había dicho el 3 de junio de 1969: “(…) cuando nosotros decimos que por Vietnam estamos dispuestos a derramar nuestra sangre no decimos nada extraordinario, ¡porque el pueblo de Vietnam no ha ofrecido derramar su sangre por nosotros y por otros pueblos, sino que ha derramado su sangre por nosotros y por otros pueblos!

Varias veces se entrevistó con Ho Chi Minh y siempre quedaba envuelta en la personalidad de aquel dirigente sencillo, vestido de manera muy simple, con una piyama de seda, que vivía en pobreza y que tenía una fe inquebrantable en la victoria. Siempre, contaba ella, me recibe con una sonrisa, y su primera pregunta es “¿cómo está Fidel?”, aunque la vida no brindó la posibilidad de que aquellos dos héroes se conocieran en persona. “Leo todos los discursos de Fidel y me gustan mucho”  le confesó un día a Melba, su amiga cubana.

Hermandad de pueblos

Hasta la nación indochina llegaron, por voluntad del pueblo cubano, donaciones de diverso tipo. Se enviaron miles de toneladas de azúcar, resultantes de la renuncia de la población a cinco libras de ese producto de su cuota mensual otorgada por el gobierno.

También viajaron profesionales y constructores que trabajaron entre los escombros dejados por la guerra e hicieron surgir nuevas e importantes edificaciones. Esos cubanos y cubanas amaron al pueblo humilde y respetuoso con el que compartía a diario. Entre los hacedores de la nueva Vietnam había jóvenes formados en la Isla.

Entre las obras que allí se realizaron por los voluntarios cubanos están el hospital Dong Hoi, el Hotel Victoria, vaquerías, granjas avícolas  y la carretera Xuan Mai-Son Tay, de importancia estratégica para el país. En aquellas movilizaciones estaban las manos y los ojos de Melba, interesada siempre en todo lo acontecido en torno a Vietnam.

La heroína del Moncada junto al líder vietnamita Nguyen Minh Trién en 2009, en La Habana

Luego del fin de la guerra, el Comité se convirtió en las Asociaciones de Amistad Cuba-Vietnam, y con Laos y Cambodia, donde la Heroína del Moncada y Heroína del Trabajo siguió trabajando. Pero también ocupó otras responsabilidades, como la Secretaría General de la Organización de Solidaridad para los Pueblos de Asia, África y América Latina (Ospaal) y dirigió el Centro de Estudios de Asia y Oceanía. También fue embajadora de Cuba en Vietnam.  Siempre trabajó, hasta que decayeron sus fuerzas, ya enferma y anciana.

Cuando ella falleció, muchos en Vietnam lloraron su ausencia, Su partida dejó el vacío que una madre deja en sus hijos aunque estén lejos y ya no sean  aquellos niños que cumplieron su palabra de reconstruir y hacer diez veces más hermosa su patria de flores, bambúes, pagodas y edificios modernos, estos últimos símbolos del desarrollo del sistema socialista legado por Ho Chi Minh y llevado a la práctica por el Partido Comunista.

Son muchos los que en las tardes de Vietnam, donde cada rincón esconde un atisbo de belleza, recuerden a Melba, un símbolo de los nexos con el pueblo cubano. Poco antes de morir, ella le dijo al que consideraba su hijo vietnamita Duong Minh, quien estudió en Cuba y llegó a ser el embajador de su país en La Habana: “Quizás Duong, es que soy una vietnamita que nació en Cuba”.

Quien sabe, Melba, quién sabe.

Por Mariela Pérez Valenzuela, especial para la Agencia Vietnamita de Noticias. Fotos cortesía del entrevistado