Hanoi (VNA)- La historia no es solo el relato del pasado, sino también el fundamento espiritual que forja la identidad, la voluntad y la fortaleza de una nación. Por ello, cualquier intento de tergiversar la historia, negar los logros de la Revolución o distorsionar la naturaleza justa de la guerra de liberación nacional no constituye simplemente un problema de percepción, sino que afecta directamente la confianza social y los pilares ideológicos del país.
Resulta preocupante que, en los últimos tiempos, ciertos productos culturales, películas y contenidos audiovisuales difundidos en el ciberespacio hayan recurrido al discurso de la “pluralidad de perspectivas”, el “humanismo” o las “miradas alternativas” para deformar la historia. Estas producciones explotan el dolor de la guerra de manera extremista, separan deliberadamente el destino individual del destino nacional y diluyen la frontera entre la justicia y la injusticia.
Más grave aún, mediante recursos ambiguos y manipulaciones sutiles, algunas obras conducen al espectador, especialmente los jóvenes, hacia la idea errónea de que la guerra, incluso una guerra de liberación, es un error y un crimen, negando así el significado de la lucha de liberación nacional y el valor histórico de la reunificación del país. En esencia, se trata de una forma de “invasión cultural”, que utiliza el arte como instrumento para “desmitificar” la historia, sembrar dudas, debilitar la confianza y el gran bloque de unidad nacional.
En un contexto marcado por el vertiginoso desarrollo de internet y las redes sociales, las películas y los productos multimedia poseen una enorme capacidad de difusión. Sin una sólida base de conocimiento histórico, parte de la opinión pública puede verse fácilmente influenciada por informaciones distorsionadas, disfrazadas con un lenguaje artístico y conceptos aparentemente nobles como el “humanismo” o la “diversidad de perspectivas”.
Sin embargo, es necesario afirmar con claridad que el arte auténtico no puede desligarse de la verdad histórica. El arte tiene derecho a la creación y explorar el sufrimiento y las pérdidas provocadas por la guerra, pero no puede deformar la esencia de los hechos históricos ni negar valores confirmados por la realidad y por el sacrificio de todo un pueblo.
El humanismo tampoco significa equiparar lo correcto con lo incorrecto, la justicia con la injusticia, ni borrar la naturaleza agresora del invasor. Del mismo modo, la “pluralidad” no puede convertirse en pretexto para “reescribir la historia” mediante interpretaciones tergiversadas.
Una obra artística valiosa no solo refleja las victorias, sino también el destino humano, las pérdidas, los sacrificios y el anhelo de paz. Precisamente esa profundidad humana es la que otorga permanencia a una obra y permite comprender que la paz de hoy fue conquistada con sangre y sacrificio por las generaciones anteriores.
Cabe destacar que, en los últimos años, varias producciones históricas han logrado acercarse al público joven mediante lenguajes más modernos, emocionales y cercanos a la vida contemporánea. Proyectos cinematográficos, películas de animación y obras sobre la guerra narradas desde una perspectiva humana demuestran que la historia puede conectar con las nuevas generaciones cuando se cuenta con autenticidad, sensibilidad y creatividad responsable.
En la era digital, cuando gran parte de los jóvenes accede al conocimiento histórico a través del cine y las redes sociales, la responsabilidad de los creadores artísticos adquiere una importancia aún mayor. Cada obra no solo posee valor estético, sino que también contribuye a orientar la percepción social y fortalecer el patriotismo, la conciencia cívica y el espíritu nacional.
El cine y el arte auténticos no existen para alimentar el odio, sino para ayudar a las generaciones de hoy a comprender el precio de la independencia y la libertad; para entender por qué el pueblo vietnamita tuvo que luchar y sacrificarse en defensa de su patria. Preservar la verdad histórica, por tanto, no es únicamente responsabilidad de investigadores o artistas, sino un deber común de toda la sociedad en la protección de los valores espirituales, la identidad cultural y la gran unidad nacional./.