Singapur (VNA) - En su discurso principal en el Diálogo de Shangri-La, el secretario general del Partido Comunista y presidente de Vietnam, To Lam, advirtió sobre los riesgos derivados de las crisis del orden internacional, el desarrollo y la confianza estratégica, y abogó por una mayor cooperación para garantizar la paz y la prosperidad en Asia-Pacífico.
A continuación, la Agencia Vietnamita de Noticias (VNA) presenta el texto íntegro de la ponencia.
PROACTIVIDAD EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA PAZ, LA ESTABILIDAD Y EL DESARROLLO EN UN MUNDO EN CONSTANTE EVOLUCIÓN
Excelentísimo señor Lawrence Wong, primer ministro de Singapur,
Estimado doctor Bastian Giegerich, director general del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS);
Distinguidos delegados, señoras y señores,
Permítanme comenzar expresando mi más sincero agradecimiento al Gobierno de Singapur y al Instituto Internacional de Estudios Estratégicos por el honor de intervenir en la sesión plenaria inaugural de este importante foro. Durante más de dos décadas, el Diálogo de Shangri-La se ha consolidado como el principal espacio de debate sobre la seguridad regional, donde las naciones intercambian puntos de vista, se escuchan con respeto y buscan enfoques responsables para promover la paz, la estabilidad y el desarrollo.
Nos reunimos en un momento marcado por múltiples riesgos e incertidumbres. Vivimos en un mundo más conectado, pero también más vulnerable; con tecnologías cada vez más avanzadas, aunque expuestas a mayores riesgos de uso indebido; y con una interdependencia más profunda, que con frecuencia es utilizada como instrumento de presión. Aunque todas las naciones defienden la paz, la estabilidad y la cooperación, el entorno estratégico actual se caracteriza por una creciente desconfianza, fragmentación y competencia descontrolada. Ante esta realidad, resulta imprescindible construir e implementar una visión común, basada en principios mínimos pero esenciales, que garantice la paz, fortalezca la confianza y promueva el desarrollo de la humanidad en el siglo XXI. Al mismo tiempo, debemos reforzar nuestra capacidad para prevenir crisis desde sus etapas más tempranas y a distancia. La experiencia demuestra que muchas de las grandes crisis comienzan con malentendidos no resueltos, señales mal interpretadas y mecanismos preventivos que no se activaron a tiempo.
Con ese espíritu, quisiera compartir algunas reflexiones bajo el tema: “Proactividad en la construcción de la paz, la estabilidad y el desarrollo en un mundo en constante evolución”.
Distinguidos señores,
La volatilidad ha sido siempre una característica permanente del mundo. Sin embargo, que las transformaciones conduzcan al conflicto o se conviertan en una oportunidad para avanzar hacia la paz depende, en última instancia, de las decisiones estratégicas que adopten las naciones y la comunidad internacional. Al observar el panorama global actual, considero que las inestabilidades que enfrentamos reflejan tres crisis fundamentales que se desarrollan simultáneamente y se retroalimentan entre sí: la crisis del orden internacional, la crisis del modelo de desarrollo y la crisis de la confianza estratégica.
En primer lugar, la crisis del orden internacional. El orden internacional nunca ha sido una estructura inmutable. Un orden justo debe ser capaz de adaptarse para reflejar las transformaciones del mundo. Sin embargo, cualquier ajuste debe llevarse a cabo sobre la base de las normas, el diálogo, la consulta y la autorrestricción, y nunca mediante la coerción, la imposición, la amenaza del uso de la fuerza o la política de los hechos consumados.
La crisis del orden internacional surge cuando las reglas continúan siendo invocadas, pero pierden capacidad vinculante; cuando los compromisos se proclaman, pero las acciones terminan socavando los acuerdos alcanzados; y cuando los principios fundamentales del derecho internacional son interpretados de manera subjetiva, aplicados de forma selectiva o relegados ante una lógica de poder basada en la idea de que “el pez grande se come al chico”. En ese contexto, las naciones, especialmente las pequeñas y medianas, se ven sometidas a crecientes presiones para elegir bando y enfrentan diversas formas de coerción económica, tecnológica, financiera y de seguridad. Al mismo tiempo, los espacios de conectividad global -como los mares y océanos, el ciberespacio, las cadenas de suministro, la infraestructura digital y los cables de datos- corren el riesgo de transformarse en escenarios de competencia. Las recientes tensiones en rutas marítimas estratégicas de Oriente Medio demuestran cómo un conflicto localizado puede repercutir rápidamente en el comercio, la energía, la logística y la vida económica y social de numerosas regiones del mundo.
En segundo lugar, la crisis del modelo de desarrollo. Durante décadas, la globalización, el comercio, las inversiones, la innovación tecnológica y la integración de las cadenas de suministro generaron oportunidades de crecimiento sin precedentes para numerosos países, incluidos muchos en desarrollo. Sin embargo, esos mismos motores enfrentan hoy desafíos cada vez mayores. El crecimiento económico se desacelera, la deuda pública y los costos del capital aumentan, y el cambio climático amenaza los medios de vida de millones de personas. A ello se suma que las nuevas tecnologías, si bien abren enormes oportunidades, también amplían las brechas existentes. Ámbitos como el comercio, las finanzas, los aranceles, la energía, la seguridad alimentaria, los datos y la tecnología corren el riesgo de ser utilizados como instrumentos de presión.
Para muchos países, el desarrollo no constituye una prioridad secundaria subordinada a la seguridad; por el contrario, representa el fundamento mismo de una seguridad duradera. Cuando el proceso de desarrollo se ve interrumpido y se reducen las oportunidades de progreso para las naciones en desarrollo, la inestabilidad económica puede derivar fácilmente en tensiones sociales, crisis políticas e incluso incertidumbre estratégica.
En tercer lugar, la crisis de la confianza estratégica. Se trata de una crisis silenciosa, pero particularmente peligrosa, porque lleva a los países a interpretar las acciones de los demás a través del prisma de la sospecha y la inseguridad. Cuando la confianza se erosiona, una medida defensiva puede percibirse como una provocación; una diferencia de intereses puede transformarse en confrontación; y un incidente menor puede desencadenar una espiral de reacciones si no existen mecanismos eficaces de diálogo, comunicación y autorrestricción. La confianza estratégica no implica eliminar las diferencias ni negar la existencia de la competencia. Lo fundamental es gestionar esas discrepancias dentro del marco del derecho internacional, garantizando que la competencia sea limitada, responsable y previsible. Ningún orden regional sostenible puede edificarse sobre el miedo permanente o la ausencia de confianza mutua.
Las nuevas tecnologías añaden una dimensión adicional a este desafío. Los macrodatos, la inteligencia artificial, el ciberespacio, las tecnologías cuánticas, los sistemas autónomos y la infraestructura digital amplían enormemente las posibilidades de desarrollo, pero también pueden intensificar las sospechas, facilitar la manipulación de la información, reducir los tiempos de decisión y aumentar el riesgo de errores de cálculo. Cuando el avance tecnológico supera la capacidad de adaptación de las normas y de los mecanismos de control humano, la estabilidad estratégica se vuelve más vulnerable. Por ello, superar la crisis de confianza exige construir un marco sólido de confianza estratégica que incluya canales de comunicación rápida para la gestión de incidentes, mayores niveles de transparencia, diálogos e intercambios sustantivos de información para reducir malentendidos, códigos de conducta claros para prevenir situaciones de riesgo y estándares tecnológicos suficientemente robustos para garantizar que los seres humanos mantengan siempre la responsabilidad última sobre las decisiones con graves implicaciones para la seguridad.
Distinguidos señores,
Las tres crisis anteriormente mencionadas convergen hoy con especial claridad en la región de Asia-Pacífico. Esta región constituye uno de los principales motores del crecimiento mundial, pero también es escenario de una intensa competencia estratégica. Es el espacio por donde transitan algunas de las rutas marítimas más importantes del planeta, aunque al mismo tiempo concentra numerosos riesgos y desafíos en el ámbito marítimo. Ha sido una de las mayores beneficiarias de la globalización, pero también enfrenta de manera directa las presiones derivadas de la fragmentación de las cadenas de suministro, el cambio climático, la transformación tecnológica y la creciente competencia geoeconómica. Precisamente porque aquí confluyen muchos de los desafíos globales, Asia-Pacífico debe convertirse también en el lugar donde surjan las soluciones. La región comparte un interés común en preservar la paz, fortalecer la conectividad y promover el desarrollo; cuenta con una valiosa experiencia en materia de cooperación multidimensional; dispone de la ASEAN como mecanismo de diálogo y equilibrio; y posee la voluntad y la determinación necesarias para evitar que la competencia derive en confrontación, que las rutas de conexión se conviertan en líneas divisorias o que la seguridad de un país se construya a costa de la inseguridad de otro.
Desde esta perspectiva, permítanme compartir algunas orientaciones para construir conjuntamente una región de Asia-Pacífico más pacífica, estable, desarrollada y resiliente, capaz de prevenir y mitigar los riesgos desde sus etapas iniciales.
En primer lugar, debemos garantizar que las normas y el diálogo se conviertan en instrumentos eficaces para una verdadera reducción de los riesgos. El Diálogo de Shangri-La constituye un espacio donde las naciones se escuchan mutuamente, aclaran sus intenciones, identifican intereses comunes y gestionan sus diferencias. Sin embargo, el diálogo no debe limitarse a la simple exposición de posiciones. El diálogo debe servir para identificar riesgos de manera temprana, intercambiar información, mantener abiertos los canales de comunicación en momentos de tensión y evitar que las discrepancias evolucionen hacia crisis. Del mismo modo, el orden basado en normas no pertenece exclusivamente a un grupo de países, sino que constituye el fundamento común que permite a Estados grandes, medianos y pequeños coexistir pacíficamente sobre la base de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional, respetando la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso o la amenaza del uso de la fuerza y la resolución pacífica e igualitaria de las controversias entre los Estados. Las normas solo adquieren verdadero valor cuando se aplican de manera coherente y se traducen en mecanismos concretos, como sistemas de alerta temprana, canales de comunicación de emergencia, procedimientos de gestión de incidentes, medidas de autorrestricción y formas de cooperación verificables.
Esta cuestión reviste una importancia particular en los mares y océanos. Estos espacios constituyen un patrimonio común de recursos y conectividad, así como las principales arterias del comercio, la energía, la seguridad alimentaria y las cadenas globales de suministro. Ningún país obtiene beneficios cuando estas rutas de conexión se transforman en escenarios de demostración de fuerza, coerción o confrontación.
En lo que respecta al Mar del Este, la posición de Vietnam ha sido siempre coherente, clara y basada en principios. Vietnam apoya la resolución de todas las disputas y diferencias por medios pacíficos, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, en particular la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982. Vietnam respeta los derechos e intereses legítimos de todos los países y, al mismo tiempo, defiende de manera firme y perseverante su independencia, soberanía, derechos soberanos y jurisdicción legítima, de conformidad con el derecho internacional.
En segundo lugar, es necesario construir una arquitectura regional abierta, inclusiva y con la ASEAN como eje central. En un contexto marcado por la aparición de numerosos mecanismos e iniciativas, necesitamos una estructura capaz de conectar intereses, reducir las sospechas y complementar los marcos de cooperación ya existentes. Todas las iniciativas que contribuyan a la paz, la estabilidad y el desarrollo son bienvenidas, siempre que se basen en la transparencia, respeten el derecho internacional, se complementen mutuamente, no debiliten el papel central de la ASEAN y no conviertan al Sudeste Asiático en un escenario de confrontación entre bloques. El papel central de la ASEAN no surge de manera automática ni puede darse por garantizado. Solo podrá preservarse mediante la unidad, la autonomía estratégica y la capacidad de construir una agenda común que responda a los intereses de toda la región. La inclusividad debe ir acompañada de eficacia; el diálogo debe traducirse en acciones concretas; y el consenso debe permitir a la región responder de manera oportuna y efectiva a los desafíos compartidos. Vietnam apoya y está dispuesto a cooperar estrechamente con Filipinas en su calidad de presidente de la ASEAN en 2026, así como con los demás Estados miembros, para fortalecer la paz y la seguridad regionales, ampliar los corredores de prosperidad, impulsar la conectividad y promover un desarrollo inclusivo y sostenible, situando siempre a los ciudadanos de la ASEAN en el centro de nuestros esfuerzos.
En tercer lugar, debemos situar la seguridad humana y la resiliencia social en el núcleo de la seguridad sostenible. Las amenazas actuales no provienen únicamente de los conflictos militares, sino también de las interrupciones que afectan al desarrollo y al bienestar de las sociedades. Por ello, fortalecer las capacidades de defensa es una necesidad legítima. Sin embargo, la seguridad sostenible no puede sustentarse exclusivamente en el poder militar, y mucho menos construirse a través de una carrera armamentista o a costa de aumentar la inseguridad y las dificultades de desarrollo de otros países. Lo que necesitamos es una plataforma de desarrollo con una elevada capacidad de resiliencia frente a las crisis; cadenas de suministro abiertas, diversificadas y seguras; infraestructuras conectadas de manera eficiente; y una cooperación más profunda en materia financiera, tecnológica y de desarrollo de recursos humanos. Al mismo tiempo, debemos ampliar la cooperación práctica en ámbitos como la respuesta ante desastres naturales, la salud pública, la seguridad hídrica, alimentaria y energética, la ciberseguridad, la protección de infraestructuras críticas y las operaciones de búsqueda y rescate. Cuando la cooperación contribuya de forma tangible a proteger la seguridad y el sustento de las personas, la confianza estratégica se consolidará y fortalecerá.
En cuarto lugar, es necesario establecer normas de responsabilidad para las nuevas tecnologías y la industria de la defensa. La inteligencia artificial, los macrodatos, las tecnologías cuánticas, los sistemas autónomos, las tecnologías espaciales, la ciberseguridad y las cadenas de suministro de alta tecnología están redefiniendo profundamente el panorama de la seguridad internacional. Estas tecnologías ofrecen enormes oportunidades para fortalecer el desarrollo, mejorar la capacidad de anticipar riesgos y optimizar la gobernanza. Sin embargo, también pueden ser utilizadas para llevar a cabo ciberataques, manipular información, automatizar conflictos, realizar actividades de vigilancia ilegal o crear nuevas formas de coerción. En el ámbito de la defensa y la seguridad, la cuestión fundamental no es cuán poderosa puede llegar a ser una tecnología, sino hasta qué punto los seres humanos son capaces de mantener su control sobre ella. Por ello, debemos impulsar un diálogo amplio y sustantivo sobre el uso de la inteligencia artificial en los sectores de defensa y seguridad, garantizando que la responsabilidad última sobre las decisiones con consecuencias graves siga recayendo en los seres humanos. Asimismo, debemos promover normas de conducta en el ciberespacio, reforzar la protección de los cables submarinos y de las infraestructuras críticas de datos, y fomentar una mayor transparencia respecto a aquellas tecnologías que puedan afectar la estabilidad estratégica. La industria de la defensa debe estar al servicio de la legítima defensa y de la estabilidad regional, y no convertirse en un factor que alimente la carrera armamentista.
En quinto lugar, es necesario fortalecer la cohesión social y la capacidad de resiliencia de nuestras sociedades, proteger el espacio informativo y elevar los niveles de concienciación pública. En un mundo caracterizado por una profunda conectividad digital, la inestabilidad ya no surge únicamente de los conflictos militares, las interrupciones en las cadenas de suministro o los ataques cibernéticos. También puede originarse en la erosión de la confianza dentro de las propias sociedades. Las noticias falsas, la manipulación de la información, la incitación al extremismo, la polarización social y las campañas deliberadas de influencia tienen el potencial de debilitar el consenso nacional, distorsionar la percepción pública, profundizar las divisiones y acelerar la propagación de las crisis. Por ello, preservar la paz en la nueva era también implica proteger la verdad, fortalecer la confianza social, mejorar la capacidad de comunicación estratégica, promover la educación para la ciudadanía digital, reforzar la responsabilidad de las plataformas tecnológicas y ampliar la cooperación internacional para combatir la desinformación. Una sociedad capaz de distinguir entre la verdad y la falsedad, de mantener la cohesión en tiempos de incertidumbre y de no dejarse arrastrar por el miedo, el odio o la manipulación constituye el cimiento más sólido de una seguridad sostenible.
En sexto lugar, debemos fortalecer la capacidad regional en materia de diplomacia preventiva, reconciliación y mediación. Muchas crisis no estallan únicamente debido a diferencias de intereses, sino porque las partes carecen de canales de comunicación fiables, de espacios que permitan reducir las tensiones y de mecanismos capaces de reconducir la confrontación hacia el diálogo. Por ello, Asia-Pacífico debe considerar la diplomacia preventiva como una capacidad estratégica permanente y no como una medida coyuntural que se activa únicamente cuando la crisis ya se ha producido. Necesitamos ampliar y diversificar los canales de consulta, desarrollar mecanismos de mediación más flexibles, establecer grupos de contacto para la gestión de incidentes, fortalecer los foros semioficiales y promover iniciativas de creación de confianza entre las fuerzas armadas, los organismos de seguridad, las fuerzas de aplicación de la ley en el mar, la comunidad académica, el sector empresarial y las organizaciones sociales. El objetivo es crear suficientes “vías diplomáticas de salida” antes de que las partes queden atrapadas en una espiral de escalada que aumente el riesgo de conflicto.
A los socios que ejercen una influencia significativa dentro y fuera de la región, Vietnam desea transmitir un mensaje sincero y claro: Asia-Pacífico es un espacio abierto, donde todas las naciones con intereses legítimos pueden contribuir a la paz, la estabilidad y el desarrollo comunes. La región valora y da la bienvenida a una presencia transparente, responsable, respetuosa del derecho internacional, comprometida con el papel central de la ASEAN y orientada a reducir las tensiones. Lo que Asia-Pacífico necesita no es simplemente la presencia o la ausencia de una determinada potencia, sino un compromiso responsable. Consideramos que la competencia es una realidad inevitable de las relaciones internacionales, pero debe desarrollarse dentro de los límites que imponen las normas, la transparencia y la autorrestricción.
Distinguidos señores,
Las tres crisis que enfrenta actualmente el mundo no constituyen un destino inevitable que debamos aceptar pasivamente. Lo fundamental es afrontar la realidad con claridad, sin permitir que la magnitud de los desafíos eclipse las oportunidades de actuar. La crisis del orden internacional pone de manifiesto la necesidad de fortalecer el derecho internacional y la autorrestricción. La crisis del modelo de desarrollo demuestra la urgencia de renovar los motores del crecimiento para orientarlos hacia una dirección más inclusiva, sostenible y centrada en las personas. La crisis de la confianza estratégica exige más diálogo, mayor transparencia, un sentido más profundo de responsabilidad y mecanismos de cooperación más eficaces y sustanciales.
Sin embargo, estas respuestas no surgirán de manera espontánea. Solo podrán materializarse si las naciones trabajan juntas para construir reglas compartidas, conectar intereses, fortalecer la confianza mutua y desarrollar mecanismos eficaces de mitigación de riesgos. En un mundo en constante transformación, los desafíos no provienen únicamente de las inestabilidades externas, sino también de nuestra insuficiente preparación para anticipar y gestionar los riesgos. Por ello, debemos pasar de una actitud reactiva a una visión de construcción proactiva; de la mera reafirmación de principios a la puesta en funcionamiento de mecanismos concretos; y de la gestión de las crisis una vez producidas a la mitigación de los riesgos antes de que estas lleguen a estallar.
En consecuencia, la verdadera elección que enfrenta hoy Asia-Pacífico no consiste en decidir si habrá o no competencia, pues la competencia forma parte de la realidad internacional. La decisión fundamental es optar entre una competencia sin control o una coexistencia responsable; entre la división y el diálogo; entre la sospecha y la coerción o un orden basado en las normas y la confianza. Vietnam confía en que nuestra región posee la madurez, la voluntad y los intereses compartidos necesarios para elegir el camino de la paz, la cooperación y la prosperidad.
Distinguidos señores,
Vietnam comprende profundamente el valor de la paz a partir de su propia historia, y entiende el valor del desarrollo gracias a su experiencia de Renovación (Doi Moi) e integración internacional. Esa trayectoria ha llevado a Vietnam a reconocer con claridad que sus intereses nacionales están estrechamente vinculados a la paz, la estabilidad y la prosperidad de la región. Para Vietnam, contribuir a la paz regional significa también salvaguardar sus propios intereses estratégicos a largo plazo. Promover la cooperación, mitigar los riesgos y conectar intereses legítimos constituye la manera en que Vietnam asume su responsabilidad y contribuye activamente a la comunidad internacional.
La paz, la estabilidad y el desarrollo representan el denominador común que une a todas las naciones y a todos los pueblos. Sin embargo, estos valores solo adquieren verdadero significado cuando se traducen en acciones concretas: ejercer la moderación ante los desacuerdos, mantener el diálogo cuando aumentan las diferencias, cooperar cuando los desafíos trascienden las fronteras y construir mecanismos eficaces de mitigación de riesgos capaces de funcionar en la práctica.
Con ese espíritu, Vietnam está dispuesto a trabajar junto con los países de dentro y fuera de la región para fortalecer el respeto al derecho internacional, consolidar la confianza mutua, promover el diálogo, ampliar la cooperación, reducir los riesgos y construir conjuntamente una región de Asia-Pacífico más segura, más resiliente y más próspera.
¡Muchas gracias!